Todos los aromas me saben a humo

Todos los aromas me saben a humo

El olfato es un sentido extraño.

Piet Vroon

A mí el olfato me ata al mundo. Toda mi vida puedo recordarla en el olor de las cosas. No exagero si digo que almaceno, en alguna parte de mí, el sabor del Nestum que mi mamá preparaba cuando tenía apenas tres años. Pero puede resultar más sorprendente que en el mismo recuerdo aparezca el olor de la chupa del tetero: una mezcla entre la goma y la saliva, el polvo de los cereales y la leche completa.

Nací, respiré, y me llené de olores.

El año pasado a todos en el mundo nos dio Covid. En la enfermedad, lo primero y a veces lo último en desaparecer, es el olfato. La bienvenida al contagio es un hasta pronto a los sentidos. Luego, el cuerpo y la mente se te quedan en suspenso por algunas semanas. La vida en vilo. La vida y la muerte son las únicas noticias. Y ahora, pensándolo mejor, todos aquellos que murieron —y mueren— se han ido con ese descubrimiento: el olor de la muerte.

El contagio nos golpeó de distintas maneras, y asumo que lo que más nos preocupa de ese golpe, es el futuro. No dejo de pensar en ese túnel nasal por donde entra el aire y se convierte en respiración. Desde allí comienzo a interiorizar el mundo en el que vivo, fluyen las palabras y las ideas; y dentro de mí respiración se concede el deseo de vivir: oler y configurar la memoria de todos los olores, y el valor que comprende cada uno de ellos.

Lo primero que nos dijeron para intentar combatir la enfermedad era adiestrarnos en el aislamiento, delinear una distancia corta y paradójica entre nuestros cercanos, tapándonos en principio la nariz y la boca, prohibiéndonos abruptamente el ejercicio libre de vivir: respirar. De esa manera, nos quedamos confinados con nuestro propio aliento.

Cuando empecé a recobrar el sentido del olfato, los olores aparecían de manera distinta a como los recordaba antes. Hay vegetales que se han acoplado raramente en un mismo olor; el del cilantro, por ejemplo, que antes me recordaba al olor de un hervido, ahora también convida con el resto de otros vegetales y comidas (cebollín, cebolla, ajo, etc.) ese olor compartido aparece incluso cuando no están presente; el aroma del cilantro ha permeado misteriosamente todos los alimentos, como si todo naciera de la misma hierba. Y desde ese punto de vista, cargo una amnesia que obstruyen los orificios de mi nariz.

Una bienvenida al coronavirus es un adiós temporal a algunos sentidos.

Conversando con mi vecina, quien también estaba enferma y llevaba tiempo sin olfato, me decía que, después de once meses o más, había empezado a reconocer algunos olores y el gusto en algunos alimentos. Pero lo que más me llamó la atención de lo que me dijo, fue que el olor del humo de los carros le olía de una forma muy distinta a como creía recordar antes. Me pasó exactamente lo mismo con ese olor, que me abrió paso al descubrimiento de uno nuevo, mucho más fétido e intolerable. Mi vecina me dijo algo que me dejó pensando, y es que, recobrar el olfato se parece a como cuando empezábamos a escribir o a leer de pequeños: un ejercicio de repetición y retentiva.

En mi desesperación por lo que me pasaba, investigaba y leía para conseguir algo de calma y confianza. Allí me topé nuevamente con el libro de Piet Vroon, La seducción secreta: psicología del olfato, y me conseguí con frases que me permitieron volver a pensar en esa casi obsesión mía por eternizar la memoria olfativa, y en la que ahora pienso con preocupación y desánimo: “… A veces, el olfato puede funcionar como una especie de «motor de arranque» capaz de evocar toda suerte de experiencias y sucesos del pasado relegados en apariencia al olvido, aunque uno no sepa nombrar o describir con precisión el olor percibido”. Esa frase me llevó a pensar, por supuesto, en mi interés por la cocina, que me lleva siempre a querer representar cada cosa que hago con algún recuerdo y emoción distada por algunos de los episodios más importantes de mi vida.

Mi madre también perdió el olfato cuando se enfermó el primer año de la pandemia. Nos dimos cuenta ese mismo diciembre mientras hacía las hallacas, días antes de la cena de navidad. Llevó a cabo la receta del guiso sin la advertencia de los olores. La memoria y la tradición le fueron guiando, pero la ausencia de sus sentidos ponía el proceso en peligro y acongojaba su corazón. Todos fuimos oliendo y probando por ella. Cada uno, como la memoria nos iba dictando, aprobábamos o no el punto de sal. Se convirtió en un ensayo de navidad. Pero supongo que esa memoria de sus sentidos, nos ayudó a que mi mamá, por su parte, se sintiera más tranquila. Nada quedó mal, todo nos olía a navidad. Mi mamá confió en la percepción de nuestros sentidos, que ella, por años, ha entrenado.

Subrayo en el mismo texto de Vroon: “Muchas veces no somos ni capaces de identificar mediante el lenguaje un olor”. Los perfumes, por ejemplo, me huelen a alcohol. La esencia aromática del perfume es justamente lo que he perdido. No logro diferenciar si es fragancia de vainilla o floral, no reconozco el almizcle masculino del femenino. Todo parece venir de un etéreo jardín sin flores. 

Esto que vivo me hace pensar en la idea de querer inventar y nombrar un nuevo color cuando ya todos existen. Parece una imposibilidad calificar las cosas por primera vez. Pasa que todo se retiene a través del lenguaje, y el significante de cada olor lo aguarda un recuerdo. Pero el recuerdo se despierta cuando la realidad roza con los espacios de la memoria, y mi realidad ahora es que el olor del sofrito de la cebolla y el ajo no me recuerda a nada. No puedo nombrar su nuevo aroma porque sé que ya no es el mismo. Quiere decir que algo ha desaparecido de mi memoria de repente, y han nacido nuevo olores que no sé cómo nombrarlos. 

Los olores del pasado

A lo mejor hay olores que no volverán aparecer nunca más. Pero cuando los recuerdo, en seguida hay algo que vuela en los horizontes del recuerdo. Por ejemplo, si recuerdo a mis maestras del preescolar, me viene en seguida el olor de sus delantales que se ponían por encima de sus ropas. Siempre desprendían un olor a tinta de lapicero, combinado con el de las llaves de los salones y los estantes y el de las hojas impresas. Ese recuerdo me persiguió por mucho tiempo mientras estudiaba.

Otro recuerdo, y tal vez el más poderoso, es el de los creyones de cera que transformaban su olor cuando las maestras los metían todos en un solo envase. Los niños metían y sacaban sus manos de allí. Los colores se mezclaban y se confundían. Pero el envase siempre conservaba ese olor a sudor de manos, de niños bañados en sudor por haber jugado tanto, y al mezclarse con el olor de los creyones de cera, mágicamente se impregnaba todo el salón.

Mucha gente sabe reconocer en sus vidas el olor de las loncheras. Que no es más que el perfume de una arepa fría con queso envuelta en papel aluminio, o jugo de naranja caliente y a veces piche absorbida en un papel de servilleta. El olor a yogurt con cereales también representa el recuerdo de las loncheras, el pan cuadrado tostadito que no comparte paradójicamente el mismo olor del pan canilla. El olor a la lonchera también se lo da el propio plástico con el que está hecho, del mismo modo, el de los estantes de madera donde van puestas los bolsitos para la comida cuando los niños llegan al salón de clase. Cerca de las loncheras también estaba el lugar donde se guindaban los suéteres impregnados a colonia de niña y niño. Así que, las loncheras también huelen a los suéteres que a su vez se impregnan a la madera del lápiz y la borra, de los sacapuntas con depósitos, y de la saliva del niño que han mordido.

El olor a la infancia es lo único que no he perdido. Pienso en un ejercicio de rebeldía que si volviera nuevamente a bautizarme, elegiría que me echaran Nestum en vez de agua bendita.

La infancia también tiene sus propios olores.

Ya de grande, llevo olores que bordean los zurcidos de mi corazón: la albahaca y el orégano, la arepa frita y el olor a globo mientras se infla; la cebolla mezclada con la mostaza que caracteriza siempre el olor de los perros calientes que venden en la calle y regalan en las fiestas infantiles, el del atol, la avena y la maicena caliente. Los libros nuevos, las revistas, el olor del frío de un teatro vacío. El olor del mar y de la playa, porque la playa tiene su olor a pescado y el mar a arena de sal. El de la parrilla, el sofrito de ají, cebolla y ajo bañados en mantequilla o aceite. El del mango recién arrancado del árbol y la parchita colándose; el de cigarro en las manos de mi mamá, mi sudor mezclado en el perfume recién extinguido por la tarde. El olor a la pasta con carne molida y queso parmesano fundiéndose en el calor. La salchicha sancochada para luego ser mojada en salsa rosada; el olor de la azúcar quemándose para hacer el pollo negro, las papas golpeadas y ahogadas en mantequilla y leche para convertirse en puré.

Es verdad, el olfato es un sentido extraño.

En fin, me gustaría nombrar nuevamente todos los nuevos olores que ahora he descubierto. Es poco lo que huelo, pero es lo que me acompaña. Respirar significa también recordar con el corazón. No sé si los olores desconocidos, con sus nuevas formas, me van a acompañar el resto de mi vida. Pero si son esos, ya no quisiera perderlos. Ahora me gustaría nombrarlos, hablarles, contarles cómo era la vida antes de que nos fusilaran. Me han matado los olores, y en medio de la humareda me toca reconquistar el sentido. Parece que soy lo único que queda vivo para ellos. Yo soy su recuerdo ahora. 

Cronista invitado: Eduardo Verastegui

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