Una pasita en cada mano

Una pasita en cada mano

Hace unos años, cuando apenas éramos dos, mi esposa y yo descubrimos un mercadito de calle en el parque cercano a nuestro apartamento en La Paz, Caracas. Cada miércoles, ese espacio se convirtió en nuestra mejor alternativa de ahorro para la compra de frutas, vegetales y otros alimentos cuando nuestras cuentas no las podía cerrar en verde ni el mejor de los administradores.

Ya con la llegada del embarazo, el día se fue haciendo cada vez más familiar. Quienes antes no eran más que nuestra contraparte en un intercambio comercial, comenzaron a preocuparse por la barriga. También por la fecha de nacimiento de nuestra hija, nuestros trabajos. Preguntaban por nuestra vida en general.

El coche de la niña, a los meses de su nacimiento, era a la vez su transporte y nuestro carrito de compras. Todos los miércoles, vendedores de casabe, frutas, champiñones o queso eran los primeros en saludarla después de nuestros buenos días en la casa. Sus primeros vecinos fueron ellos.

Había quienes le regalaban algo –un cambur, un pedacito de queso-, además de sus saludos alegres y uno que otro comentario sobre lo rápido que iba creciendo. Ella, sin entender muy bien, sonreía. Más por el paseo mismo que por algún gesto en particular. O al menos eso creo yo.

Un dulcito mañanero

En uno de los primeros puesticos, cada semana, nos esperaba una señora mayor con su hija, que se encargaba de las cuentas en el negocio. Siempre sentada en una pequeña silla, buscando el chiste y la conversación casual, la señora pegaba un breve brinco ante nuestra llegada mientras sonreía rebuscando un paquetico en su bolsillo. Sobre las mesas, con tablas roídas por incontables meses de mercado, convivían sacos, potes y frascos de todos los tamaños. Pasas, almendras, maní, cacao, polvos para hornear y decenas de otras delicateses por granel.

La señora, cuyo nombre me es imposible recordar, le despertó a mi hija su primera afición al dulce: tras un largo y sonriente saludo, le abría sus dos manitos de bebé. Una pasita en cada una de ellas se volvió costumbre. Una que todos extrañaríamos más tarde.

Mágicamente, de su bolsillo siempre salían pasas. Nos explicaría un día de tantos en los que hablamos el por qué: antes de nuestra hija, otra niña pequeña había encontrado con ella su gusto por este dulce poco común entre infantes acostumbrados a caramelos, chocolates y otras golosinas industriales. Esa otra niña despertó en ella el instinto, que mantendría luego, de no permitirse unos bolsillos vacíos el día de mercadito.

Al principio, nuestra hija acudía tímidamente al encuentro entre sus manos y el pequeño manjar que le ofrecía la vendedora. Pero meses más tarde, tocaba recordarle que primero eran los “buenos días” cuando, ya robotizada ante la promesa de un sabor que adoraba, llegaba directo a posar sus dos manitos, palma arriba, esperando por sus pasas de ese miércoles. La señora no hacía sino reírse, aunque a nosotros nos apenaba.

Una menos

Cuando mi esposa tuvo que retomar el trabajo de oficina tras los meses postparto y unas vacaciones acumuladas, los miércoles de mercado volvieron a ser de dos. 

Quienes antes presenciaban las constantes risas de una niña que iba creciendo frente a sus ojos una vez por semana, ahora eran testigos de la tristeza de su primera ruptura sentimental: su mamá, que salía con nosotros, seguía su camino hacia el Metro, rumbo a su trabajo. Nosotros la acompañábamos hasta cierto punto y nos íbamos rezagando. Al principio, la niña no notaba nada raro, pero el lento distanciamiento con la madre derivaba en un llanto que a mí me resultaba desgarrador, aunque no duraba mucho tiempo.

En esas salidas terminé de confirmar mis nociones sobre lo rara que es una paternidad más que responsable: presente. Con incomodidad al principio, luego con resignación, recibí durante meses los cuchicheos de personas sorprendidas por ser yo el encargado de escoger verduras y hortalizas con el coche de mi hija frente a mí

“Él trabaja desde su casa y se queda con la niña”, escuché más de una vez a mis espaldas. Era la hija de la señora de las pasitas, que casi semanalmente daba el mismo discurso, ante la consulta de alguna señora mientras nosotros nos íbamos alejando hacia otro puesto. Probablemente el de las verduras que traen diligentemente, cada miércoles muy de madrugada, los de la Colonia Tovar. Siempre era esa la última de las paradas.

De ahí, la diversión. Para entonces, yo trabajaba como redactor en la tarde. Y muchas veces, el paseo se prolongaba para que la niña pudiera disfrutar del parque a sus anchas. En otras ocasiones, la parada era mía, en busca de un café en la panadería.

Parque La Paz, en Caracas.

Cosa de uno, cosa de dos, cosa de ninguno

Lo inevitable pasó cuando la niña entró al colegio: los miércoles ahora eran solo mi día de mercado. El día antes familiar pasó a ser una carga mecánica en mi agenda semanal. La diferencia era notoria: como lo es entre comer algo que disfrutas especialmente o el simple acto de ingerir alimentos por la necesidad de mantenernos con vida.

Por fortuna, la soledad no duró mucho. Mi esposa dejó el trabajo de oficina y retomamos nuestra dinámica familiar, reforzada más tarde por un día de pago inusual en un nuevo trabajo que tomé. Los martes llegaba el dinero, justo a tiempo para el mercadito del parque.

Pero mientras nuestra situación mejoraba, el mercadito venía decayendo. Cada vez eran menos los puestos, los vendedores se ausentaban por una o dos semanas. Y, con ellos, nos fuimos alejando también.

Luego, llegó la pandemia. Se combinaron entonces nuestra irrevocable decisión de no tomar más riesgos de los necesarios, las políticas nacionales de confinamiento y el cambio de dinámica que terminó por alterar el día a día de todos.

Por unos meses, el mercadito dejó de existir. Para cuando retomaron actividades, nosotros ya teníamos nuevas dinámicas con el delivery como nueva bandera: mejor eso que las incomodidades que implicaba una salida larga de exposición para hacer las compras. 

Después volvieron las salidas, y de vez en cuando llegamos a pasar por el mercado del parque. Pero hubo una ausencia que nos pesó a todos como ninguna otra: no hay manos que nos reciban rebuscando la magia en sus bolsillos. Supimos que prefieren trabajar desde su casa, recibir pedidos vía WhatsApp y hacer envíos o entregas personalizadas. De eso ha pasado más de un año. No sabemos nada sobre hija y madre. Ahora solo quedan dos manitos vacías y unas pasas que hacen parte del olvido: poco recordará la niña esos eventos que transcurrieron en los años que menos registro nos dejan en la memoria. Ya, de hecho, ni siquiera pide pasitas cuando hacemos mercado.

Juan Ibarra
Últimas entradas de Juan Ibarra (ver todo)

Juan Ibarra

Periodista forjado en el ejercicio del oficio, ex estudiante de Letras, fiel creyente la crónica y el punto de encuentro entre literatura y periodismo: el equilibrio entre el dato duro y la lectura como entretenimiento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Volver arriba